domingo, 2 de octubre de 2011

Relato: De vuelta a mis raices





A la entrada del pueblo la vieja estación del ferrocarril me da la bienvenida. Por los gastados raíles, y como ave de paso, aún circula el tren, mientras, en sus vías muertas, duermen, tras merecido descanso, las antiguas vagonetas de las Minas de Cala. En el corto trayecto hasta la casa pasé por la fuente de los grifos, con su caño inagotable de agua fresca. Por el Paseo de la Palma, con sus palmeras haciendo honor al nombre y su tradicional quiosco de churros. A ella se asoman el Ayuntamiento, el cine Coliseo y la Iglesia de Santa Maria,  que, con pintoresca estampa, acuna en sus torres los nidos de las cigüeñas. Seguí calle arriba y dejo atrás el Castillo, fortaleza del siglo XIII, con su plaza de toros en el interior y el Mercado de Abastos,  muy concurrido en otro tiempo.

Estoy llegando y todo es tan cercano y familiar como lo deje al partir, hasta su característico olor rancio que hay en el ambiente.

Como  siempre, la puerta de la casa esta entreabierta, y me deja entrever el pequeño zaguán desde la calle. Las ventanas destacan sobre el color inmaculado de la fachada  y los visillos blancos a través de los cristales ponen su toque personal en ellas. Accedo al interior y el olor es la nota más predominante en la estancia. Mis recuerdos me trasladan en el tiempo, a esos días de juegos y risas, de pan con chocolate y leche caliente, de castañas asadas y dulces.  En el pequeño zaguán que me da paso al interior  reposan las macetas sobre sus pies de hierro, dando frescura y color a aquel pequeño espacio.  En el pasillo, los rayos del sol me reciben a través de la puerta de la habitación, y deja a mi vista la cama alta y el mullido colchón de la abuela, donde en otra época  nos hundíamos las dos.  A lo largo del pasillo forman a mi derecha un pequeño ejército de frondosas “Pilistras” verdes que nos dan paso al salón. Este mantiene aún la chimenea de antaño, al igual que el mobiliario, heredado de tantas generaciones atrás.  La claraboya situada en el centro del salón, lo iluminaba todo y con su luz tenue pero agradecida,  deja un aura de armonía y paz en todo el recinto.

Hasta ese momento nadie ha salido a mi encuentro y a mi voz no hay respuesta.

Sigo adelante y al entrar en la cocina me reconforta el calor del fuego y el olor los pucheros, que, sin prisas,  desprenden su aroma por todo lugar. La vieja cantarera sigue debajo del gran ventanal que da al patio y que, generosamente, llena de luz cada rincón. El tiro de la chimenea sigue intacto encima de la pequeña hornilla de gas, al igual que la repisa donde descansaba la antigua radio. Mis recuerdos se vuelven sonido al verla…. Yo soy aquel negrito del África tropical……este anuncio daba paso a las trifulcas del “Tío pepe y el sobrino” para dejarnos después con la Novela, un serial que cada tarde paralizaba por una hora la rutina cotidiana.  El olor al café recién hecho y el vapor de la plancha de hierro calentada al fuego, envolvían todas aquellas vivencias.
Desde la ventana se podía ver la pila de lavar, con su refregador gastado por el uso y su inconfundible jabón verde, mientras las sabanas blancas, tendidas al sol, ondean al aire.
 Al fondo, el viejo  establo aún sigue en pie, y es utilizado como almacén para los aperos de labranza y corral para algunas pocas gallinas, que dejan en el aire el sonido de su peculiar cacareo.

A través de los cristales veo a la abuela sentada en su vieja silla de anea. El sol hacía brillar su cabello blanco recogido en un sencillo moño y con semblante meditativo disfrutaba del agradable calor de la mañana. El tiempo había dejado huella en su rostro, pero aún mantenía el semblante tranquilo que guardé en mi memoria. El sonido de la canción que canturreaba se enmudece al verme aparecer y conforme me acerco se queda perpleja ante tal visión. Aquel reencuentro inesperado pero tan anhelado en el tiempo, dejo en libertad sensaciones olvidadas. Lágrimas, risas, llanto, todo fundido en un calido y largo abrazo, rememoraba en un instante todos los recuerdos de antaño.

Nada ha cambiado, hasta el viejo gato dormita al lado de la lumbre.


Agustina Antelo.

domingo, 14 de agosto de 2011

Micro-relato: El abuelo



¡Viajeeeeros al Treeeen...!

 Acto seguido se escucha la voz del revisor… ¡Apresúrate Manuel, que te quedas en tierra!  Agitado, entro en el tren originando, como cada mañana,  un pequeño alboroto entre saludos y bromas. Me acomodo junto a los otros jóvenes jornaleros y mientras el alba nos da los buenos días a través de los cristales, comentamos nuestras movidas nocturnas.

Ha llovido mucho desde entonces, pienso, y sonrío, pues a mis 80 años ya no soy tan popular… ni tampoco tan ágil. Pero, ¿para qué correr?  Mi camino ya esta andado. Viví, y disfruto al recordarlo.


Agustina Antelo

domingo, 26 de junio de 2011

Relato: Dudas y disquisiciones





Pero ¿Por qué siempre estas ahí?, yo no pedí tenerte.

Te encuentro a cada paso que doy, como fiel guardiana de mis actos; en cada decisión meditada, en cada emoción controlada… De nada me vale esquivar tu presencia. Estás en mi mente y te odio por ello, no sabes cuánto, pues me parte los esquemas, derrocas mis principios, y lo peor… sigues estando.

Actúas de péndulo entre el bien y el mal, pero… ¿eso no es cosa de Dios? Yo soy mortal, o es que lo has olvidado.

Sabes que no me importa el qué dirán, y siempre me lo estás recordando, que las reglas y yo somos incompatibles y te empeñas en que tengo que acatarlas, que el amor tiene que ser apasionado y me consumes en el letargo de un amor olvidado, que necesito volar libre, sin lastre y con viento a favor, pero me obligas a mirar atrás y haces que me sienta culpable por lo que dejo…

Solo en mis sueños me evado de ti, pero… hasta ahí, te siento  acostada a mi lado, censurando mis deseos más íntimos,  intentando controlar mi subconsciente.  Pero siempre olvidas que no te temo, que seguiré cada noche soñando, estés o no presente, que cruzaré los limites de la realidad y tú quedarás ahí, al otro lado.

Está claro, tú y yo escuchamos la misma melodía, pero bailamos a diferente son.

Agustina.

jueves, 5 de mayo de 2011

Micro-relato: Las apariencias engañan




Ese gordo ocupa mucho lugar, ponlo en la otra cesta que ésta ya está llena.  ¡Dios Santo! Vaya pedazo de gurumelo que hemos encontrado. Ya me lo imagino frito con unos ajos y un buen chorreón de vino, decía Luís.  Y con unos taquitos de jamón, apuntaba Eduardo, estará impresionante. Se pavonearon delante de todos con su hallazgo y acompañaron el gran festín con vino de la tierra. Pero la sobremesa fue un infierno de vómitos y diarreas,  y perplejos se miraban...  mientras perdían la conciencia.

Aquella fantástica seta los había enviado a un sueño sin retorno. Callaron  sus risas  y se hizo el silencio.

Agustina Antelo







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viernes, 15 de abril de 2011

Relato: Monumento a Bécquer


Glorieta a Gustavo Adolfo Bécquer


En toda ciudad que se preste, el paso del tiempo nos  ha dejado rincones emblemáticos que se quedan impresos en nuestras retinas y que recordamos con asiduidad. Para mí, uno de esos lugares que siempre me llega a la memoria con agrado y bienestar es el parque de Maria Luisa, y todos esos momentos compartidos. Cuando era solo una niña y en compañía de mis padres, recuerdo las picnic que organizábamos en esos jardines, después de una intensa mañana de  feria de abril  en el prado de  San Sebastián. Recuerdo también el paseo de enamorados al atardecer,  los domingos en el parque de las palomas con mis hijas  y el  caminar tranquilo bajo los frondosos árboles en esta otra etapa de mi vida. Este inmenso jardín, donado por la Infanta Maria Luisa  a la ciudad de Sevilla en el año 1893,  acoge el recuerdo a un poeta de la tierra, Gustavo Adolfo Bécquer, y al igual que me emocionaron sus palabras sobre el papel, la glorieta que lleva su mismo nombre me cautivó solo con poderla admirar. La descubrí en uno de mis paseos y pronto llamo mi atención. Me adentre hasta ella y me senté en uno de los bancos de hierro que se sitúan alrededor de ella.  En aquel momento solo me deje llevar por el deleite que aquel lugar me transmitía. El sentir del poeta estaba en todo aquel recinto. Situado en la parte central, aquel gran árbol,  con sus lánguidas ramas mecidas por la suave brisa, alrededor, la estatua del poeta con su capa terciada sobre el hombro, la figuras de bronce de dos cupidos, y las tres figuras de  mujeres con semblante enamorado. Por un momento me sentí parte de todo aquel entorno, aún sin comprender que significaban  cada parte de aquel monumento.

Aquella sensación me incitaba a saber, así que, durante algunos días me dedique  a buscar  información sobre todo aquello. Cada nuevo dato que encontraba me animaba a seguir buscando. Cuando me empape de toda la información conseguida, me dirigí  de nuevo hasta la glorieta en cuestión. Me volví a sentar en el mismo banco y desde esa expectativa  fui traduciendo en mi mente todo lo aprendido.

Ahora sabía que fue idea de los  dramaturgos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero  y se expuso el proyecto en la Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada en Madrid en 1910.  Dicho proyecto lo presento el escultor Lorenzo Coullat  Valera.  Una vez aprobado y con los beneficios  de las obras estrenadas en el Teatro Lara de Madrid, inspiradas en la rima IV de Bécquer, y  escritas por los Hermanos Lavares Quintero, se costeo el Monumento a Gustavo  Adolfo Bécquer, el cual se inauguró el 9 de Diciembre de 1911.

Que el busto del poeta que descansa sobre un pedestal  con la fecha de nacimiento y  muerte,  esta basado en un celebre retrato que de él hiciera su hermano Valeriano.

El resto era toda una alegoría a la temática esencial de su obra; el amor,  que se combinaba entre bronce y mármol.

Aquellos dos cupidos mancebos de bronce me daban a entender los dos momentos del amor. –el primero y con postura inestable, intenta lanzar su dardo a las señoritas sedentes y representa el amor que hiere.  El otro cupido yace en los peldaños victima del sentimiento amoroso. Un dardo clavado en su pecho me indica que se trata del amor herido.

Después me situé frente a las tres figuras femeninas. Es un monumento de mármol de una sola pieza y representa a tres mujeres vestidas a la usanza decimonónica y en sus rostros se reflejan las distintas fases amorosas.

La primera representa el amor que viene y esta expectante e ilusionada con él.

La del centro representa el amor presente y en su rostro vemos como se evade del mundo exterior y disfruta de sus sentimientos.

La última representa el amor perdido. Su imagen con la cabeza cabizbaja y en contraste con las otras dos, nos muestra la desilusión que siente, y el ramillete de flores caído sobre la falda, quiere decir que si en otro momento significaron todo, ahora ya no son nada.

Todo aquel pequeño espacio resumía de un trazo todas sus obras, pero si  algo resultaba  indispensable para armonizar todo lo expuesto, era aquel gran ciprés de los pantanos, que ponía el toque de calor y  vida entre aquellas figuras inertes. Dicen que esta especie es originaria de la cuenca del Mississipi y que sus raíces salen del lodo para respirar el oxigeno del aire. Yo creo que este Ciprés de los pantanos, ha respirado la esencia de Bécquer y en el vaivén de sus ramas deja  la atmósfera  impregnada de amor.


La glorieta de Bécquer, un lugar para soñar.

Agustina Antelo.

                       
            Asomaba a sus ojos una lágrima
            Y a mi labio una frase de perdón;
            Habló el orgullo y enjugó su llanto,
            Y la frase en mis labios expiró.
            Yo voy por un camino, ella por otro;
            Pero al pensar en nuestro mutuo amor,
            Yo digo aún: “¿por qué callé aquel día?”
            Y ella dirá: “¿por qué no lloré yo?”

sábado, 2 de abril de 2011

Poesia: Caricias de madrugada



Cuando mi cuerpo se rinde
Por el estupor del sueño,
Se libera mi alma
Me despojo de miedos.

Afloran las emociones
Libres de todo mal,
y entre algodones me llevan
A mi otra realidad.

Brisa fresca para mis sentidos
Luz para mis ojos,
Fluir de sangre en mis venas
Como ríos caudalosos.

Latidos acelerados
Ansias de adolescente,
Te busco, te espero
Mi amor como siempre.

Dulce tacto de terciopelo
Son tus manos en mi piel
Estas aquí, te siento,
Ahora vuelvo a renacer.

Labios ardientes
Besos de fuego
Pasión desmedida
Unión de dos cuerpos.

El pasado y el presente      
Con calidez envuelve
Lo que pudo se y no fue
Y que Aún sigue candente.

Mi sueño se funde
En el calor de tu cuerpo
Mientras el alba ya asoma,
Viene a tu encuentro.

Y me dejas dormida
Mientras poco a poco te alejas
Te esperare de nuevo, mi amor,
       Donde los sueños despiertan.       


            Agustina Antelo.






Relato: La espera






…….Aquel banco de hierro, con molduras torneadas y engrosado por cientos de capas de pintura negra, permanecía solitario a cualquier hora del día. Yo no entendía como podía pasar desapercibo a tantos ojos, si, desde allí, la vista era increíblemente bella. Por un momento pensé que era el mismo banco quien seleccionaba a quienes se sentaban en él y me hacía sentir afortunada al verme ahora allí acomodada.  El frío del hierro  me iba penetrando poco a poco hasta los huesos y mí emotividad se intensificaba conforme pasaban los segundos.
Me quedé observando el entorno envuelta en su característico olor rancio.  La niebla atenuaba la luz de las farolas y entre sombras y algún que otro destello,  dejé volar mi imaginación. El amor, la ternura, la sensibilidad… todo ello estaba impreso en cada rincón de aquella imagen y como una celestial melodía pululaban a mí alrededor los arrumacos de los enamorados.
Dos grandes edificios me observan con frialdad desde la distancia como dos pétreos guardianes, pero su reflejo en el agua los hacia vulnerables.
Los juncos, que emergían del agua con autoridad,  se dejaban mecer por la suave brisa, dejando en el aire una indescriptible pero agradable música. El río estaba tranquilo, ajeno a todo lo que le rodeaba.  Esta soledad y calma es un disfrute para mis sentidos y un buen momento para la meditación y el relax. La fascinación me envuelve al igual que  la humedad del aire que lo impregna todo.
La acentuación de mis sentidos se ha elevado y, poco a poco, me voy evadiendo de la realidad.
Centro mi atención en la cafetería y en el sonido sordo de las gentes tras los cristales. Agudizo el oído y puedo oír el tintineo de las cucharillas de los cafés.
El paseo sigue solitario. Las farolas parecen gigantes de un solo ojo que no dejan de mirarme. El agua y los juncos han tomado vida y se mueven excitados. El sonido de mil pasos por las gastadas baldosas retumba en mis oídos… No entiendo que está pasando. El lugar idílico se ha vuelto tenebroso y las sombras parecen tomar vida.  El corazón me late con fuerza pues el miedo y la sensación de que alguien se acerca me atenazan. El banco solitario que antes parecía acogerme, ahora me retiene en contra de mi voluntad. Sus fríos hierros se apegan a mi cuerpo como tentáculos  impidiendo que pueda levantarme. Las sombras se acercan, y yo, aterrada, quiero gritar, pero mi voz no emite sonido. Una sensación de angustia se apodera de mí, y me siento morir cuando  una mano toca  mi hombro…
Laura…Laura… ¿Qué te ocurre?  ¿No me oyes?
Giro la cabeza sobresaltada y tomo contacto con la realidad. Allí está Daniel, esperando una respuesta.
En  mi cara se podía ver reflejado el estupor y el escepticismo. Miró de nuevo hacia el paseo y todo está en calma. Me levanto aliviada, pensando que todo ha sido obra de mi imaginación, aunque juraría que aquel banco solitario tuvo mucho que ver en ello.

Agustina Antelo